lunes, 9 de noviembre de 2015

Sobre la verdad ilustrada...

Sobre la verdad ilustrada

"... Hay algo en la conciencia de los ilustrados que no les permite soportar la noción de superioridad moral de los demás. Se resignan a la existencia de un primer secretario del partido o de un führer como si fuesen un mal necesario, pero cuestionarían ansiosamente a un  profeta. Presumiblemente eso es así porque ser considerado un esclavo resulta menos descorazonador que enterarte de que moralmente eres un cero a la izquierda. Después de todo no se debería pegar a un perro apaleado. Y sin embargo, un profeta pega a un perro caído no para acabar con el, sino para ponerlo otra vez de pie. La resistencia a esos golpes, el cuestionamiento de las afirmaciones y acusaciones de un escritor, no surgen del deseo de verdad, sino de la suficiencia intelectual de la esclavitud. En ese caso, lo peor para los ilustrados no es que la autoridad sea no sólo moral sino también cultural, como fue el caso de Nadiezhda Mandelstam..."

Josheph Brodsky
Joseph Brodsky
Prólogo a 
Contra toda esperanza. Memorias de Nadiezhda Mandelstam
Resultado de imagen para Nadiezhda Mandelstam

domingo, 5 de abril de 2015

...Un día de Guerra a través de la lupa de Peter Englund

Domingo, 25 de abril de 1915
Rafael de Nogales ve cómo se destruyen
dos de los mayores santuarios de Van

Amanece. Se despierta del sueño acostado en una locura de plumas y seda de color verde Nilo. La estancia que lo rodea está decorada en la misma línea que el lujoso lecho: del cielo raso pende una lám­para árabe de cristales de colores encuadrados en bronce, en el suelo hay alfombras anudadas a mano y un soporte para espadas y sables de adorno forjados en acero damasquino. También hay valiosas fi­gurillas de porcelana de Sévres. Esto era antes el dormitorio de una mujer; lo ha deducido por los lápices de ojos y las barras de carmín que hay tirados en una mesilla.
A lo lejos la artillería turca empieza a cobrar vida. Las baterías van abriendo fuego una tras otra. Sus penetrantes explosiones se suman al tapiz cada vez más denso de ruidos hasta que todo vuelve a sonar como de costumbre: estampidos, estallidos, cañonazos, gol­pes, truenos, disparos, chillidos.
Más tarde monta en su caballo y se va. Esta mañana inspeccio­nará el sector oriental.
Rafael de Nogales se encuentra extramuros de la antigua ciudad armenia de Van, situada en una de las provincias del nordeste del Imperio Otomano, muy próxima a Persia, y cuya frontera con
Rusia se encuentra a solo unos 150 kilómetros en línea recta hacia el norte. En la ciudad se ha organizado una rebelión. De Nogales pertenece a una de las fuerzas designadas para sofocarla.
La situación es complicada. Los rebeldes armenios han tomado el antiguo casco amurallado de la ciudad, y también el suburbio de Aikesdan. Las fuerzas del gobernador turco han hecho suya la ciudadela en lo alto del peñasco que domina la ciudad, además del resto de la zona edificada circundante. Y en algún lugar en dirección norte hay un cuerpo de ejército ruso, momentáneamente detenido en el casi intransitable paso de montaña de Kotur Tepe pero que, teóricamente, está a menos de un día de marcha de distancia. En ambos bandos los ánimos oscilan entre la esperanza y la desesperación, entre el terror y la confianza. Los armenios cristianos no tienen otra opción; saben que deben resistir hasta que lleguen los refuerzos rusos. Y sus contendientes musulmanes saben que deben ganar la batalla antes de que los rusos aparezcan por el horizonte y sitiadores y sitiados intercambien sus roles.
Esto explica, en parte, la extraordinaria brutalidad de los combates. Ninguno de los dos bandos toma prisioneros. Durante toda su estancia en Van, De Nogales solo verá a tres armenios vivos de cerca: un camarero, un intérprete y un hombre hallado en el fondo ¡de un pozo en el que, tras huir de los suyos por motivos descono­cidos, había pasado nueve días. Este último es interrogado y alimentado hasta que recobra medianamente las fuerzas; acto seguido es fusilado «sin mayores preámbulos». Las crueldades también tie­nen su origen en el hecho de que el grueso de los contendientes son soldados irregulares, es decir, entusiastas, voluntarios, civiles quienes de repente se les han entregado tanto armas como una limitada capacidad de ajustar viejas cuentas —reales o imagina­rias— y de impedir ofensas futuras —reales o imaginarias—. Entre las fuerzas que De Nogales tiene a su mando se incluyen grupos de guerreros kurdos, gendarmes locales, oficiales turcos en la reserva y ashiretes de Circasia, amén de simples bandas de malhe­chores.
La guerra proporciona excusas y pretextos, crea rumores, inte­rrumpe la transmisión de noticias, simplifica el pensamiento, nor­maliza la violencia. Hay cinco batallones de voluntarios armenios luchando en el bando ruso, y también se está agitando con el fin de desencadenar una rebelión general contra el gobierno otomano. Además, reducidos grupos armados de activistas armenios llevan a cabo actos de sabotaje y asaltos de menor envergadura. Y ya desde finales de 1914 se están repitiendo las masacres contra armenios desarmados, bien como ciegas represalias por los actos cometidos por los activistas, bien como advertencia al resto de armenios, bien para resarcirse de los fiascos en el frente. O simplemente porque es posible hacerlo. Mediante las últimas masacres el alto mando local turco, en su obtuso cinismo, ha desatado la gran rebelión que precisamente esas medidas, fruto de oscuros planteamientos, tenían que impedir.
Rafael de Nogales ya ha oído lo que se rumorea, y escuchado los temores, visto los rastros (refugiados, iglesias quemadas, gru­pos de cadáveres mutilados de armenios al borde de la carretera). En efecto, en una pequeña ciudad de camino a Van vio con sus pro­pios ojos cómo una turba perseguía durante hora y media a todos los armenios varones de la localidad, a todos menos a siete que él mismo salvó a punta de pistola. Eso le ha dejado mal sabor de boca, sin duda. Aquí en Van, sin embargo, la situación es diferente, más fácil. Es oficial del ejército otomano y tiene que sofocar una rebelión armada. Y hacerlo rápido, antes de que cedan las com­puertas de Kotur Tepe. Además, a De Nogales no le gustan los ar­menios. Si bien admira su fidelidad a la fe cristiana, en general le parecen ladinos, avariciosos y desagradecidos. (No es que judíos y árabes despierten en él un gran entusiasmo. No le cuesta nada, en cambio, sentir aprecio por los turcos, «los caballeros de Oriente». Y a los kurdos los respeta, pese a que considera que no son de fiar: los llama una «nación joven y vital».)
La misión de someter a Van es molesta. Los armenios se defien­den con la valentía desesperada y salvaje propia de los que saben que muerte y derrota son palabras sinónimas, a la vez que muchos de los voluntarios que constituyen la compañía de De Nogales son indisciplinados, inexpertos, tercos y, en parte, completamente inúti­les en verdaderos combates. Para colmo, el casco antiguo de Van es un auténtico laberinto de callejuelas, bazares y casas de adobe, donde es tan difícil obtener una visión de conjunto como penetrarlo. Por tanto, se ha delegado el sometimiento de la ciudad a la artillería otomana. Es verdad que la mayoría de los cañones son piezas de museo, antiquísimas lombardas que se cargan por la boca y disparan bola-ños,78 pero De Nogales ha descubierto que estas toscas bolas tienen, a menudo, mayor efecto sobre las casas que las granadas modernas, las cuales, con su potencia, suelen atravesar una pared de barro para salir por otra.
A fuerza de cañonazos, pues, van abriéndose camino por el en­tresijo de callejuelas y calles, manzana a manzana, casa a casa «con el pelo chamuscado y los rostros ennegrecidos por la pólvora, medio sordos por los chasquidos de las ametralladoras y el restallar de fusiles disparados a corta distancia». Cuando una casa ha sido reducida a escombros y sus defensores a cadáveres se le pega fuego a las ruinas para impedir que los armenios regresen a ella al amparo de la oscuridad. Día y noche las gruesas columnas del humo de los incendios se elevan por encima de la ciudad.
Cabalgando por el sector oriental, De Nogales descubre un cañón de campaña semienterrado bajo los humeantes escombros de una casa derruida. Desmonta. Con un arma en la mano y co­rriendo un gran riesgo, consigue que le remolquen la pieza. Un cabo que estaba a su lado recibe un impacto de bala en la cara.
Una hora más tarde se halla en lo alto del parapeto de la ciudadela. Desde allí sigue con sus prismáticos un ataque contra una de las aldeas fortificadas del extrarradio de Van. Junto a él se encuentra el gobernador provincial, Djevded Bey, un caballero en la cuarentena que gusta de conversar sobre literatura, cuya indumentaria se rige por la última moda de París y que por la noche saborea su cena con traje y corbata blanca y una flor recién cortada en el ojal; en otras palabras, se diría que es un hombre muy refinado. Los estrechos lazos que mantiene con el gobierno de Constantinopla y lo despiadado de su carácter lo convierten, sin embargo, en uno de los principales ar­quitectos de la tragedia. De hecho, en el bestiario del incipiente siglo representa un nuevo espécimen: el genocida locuaz de profundas convicciones ideológicas que, sin una arruga en su bien planchada indumentaria, perpetra sus carnicerías sentado tras un escritorio.
De Nogales está de pie junto al gobernador y observa el asalto de la aldea. Ve que trescientos kurdos a caballo les cortan todas las vías de escape a los armenios. Ve que los kurdos pasan a cuchillo a los sobrevivientes. De repente unas balas rozan silbantes el aire junto a De Nogales y el gobernador. Los disparos provienen de un grupo de armenios que han escalado la gran catedral de San Pablo en el casco viejo de Van. Hasta este momento ambos bandos han respetado el antiguo santuario, pero ahora el gobernador da la orden de que lo hagan pedazos. Cosa que, efectivamente, ocurre. Se nece­sitan dos horas de fuego con bolaños para que la elevada y ancestral basílica se derrumbe en medio de una nube de polvo. A estas alturas francotiradores armenios también se han encaramado al minarete de la gran mezquita. Esta vez el gobernador es menos rápido en dar la orden de fuego. De Nogales, sin embargo, no vacila, sino que sen­tencia: «La guerra es la guerra».
«De esta guisa —relata de Nogales— fueron destruidos en un solo día los dos templos principales de Van, los cuales durante casi novecientos años constituyeron sus más renombrados monumentos históricos.»
Ese mismo día William Henry Dawkins baja a tierra en Galípoli.
Ya a las cuatro de la madrugada se despierta y se da un baño de agua caliente. Entre tanto, el buque avanza hacia el noreste con las luces de situación apagadas. Cuando el sol rompe por el hori­zonte echan anclas: a su alrededor las sombras de otros buques, ante ellos la silueta alargada de la península de Galípoli, una forma difusa como pintada a la acuarela. A continuación el de­sayuno y los preparativos para el desembarco. Entonces empiezan a rugir los cañones del acorazado. Dawkins y sus hombres pasan primero a un destructor, que los aproxima a tierra. Del destructor pasan a unas grandes balandras de madera tiradas por lanchas motoras.
Oleaje. Un cielo al alba. Estridentes explosiones. Ve sus prime­ros heridos. Ve los balines de las shrapnel que al explotar caen a chorro perforando con cientos de pequeños surtidores la superficie del agua. Ve la playa cada vez más cerca. Salta de la embarcación. Ve que el agua le llega a los muslos. Oye el sonido de fuego de fu­silería procedente de algún lugar tras las empinadas laderas de la playa. La costa es pedregosa.
A las ocho todos los hombres forman en la orilla con las bayo­netas caladas. Dawkins anota en su diario:

Esperamos en la playa aproximadamente una hora. El general y su Es­tado Mayor pasan de largo. El primero parece estar de excelente humor, lo cual es un buen augurio. Nadie sabe exactamente lo que ha pasado. El resto de nuestra compañía desembarca. Después yo y una patrulla reco­rremos la playa en dirección sur en busca de agua. Encontramos un hoyo lleno en las proximidades de una choza turca, dentro de la cual las perte­nencias de sus moradores están desparramadas por todas partes. Cruza­mos la cresta de una colina y bajamos por un profundo barranco, pero unos infantes detrás de nosotros se ponen a gritar y tenemos que volver. Envío una escuadra a cavar un pozo en las proximidades de la choza, otra a cavar un pozo tubular en el mismo barranco, una tercera para mejorar el caudal de un pequeño manantial que hay junto a la playa. En el ba­rranco próximo a la choza aterrizan enjambres de balas proyectadas de­masiado alto que no han dado en el blanco. Los infantes de la colina de enfrente no dejan de advertirnos con gritos frenéticos que nos están dis­parando. Vaya si nos disparaban.

Y así continúa. Dawkins y sus soldados corren de un lado a otro bajo los haces de balines de las shrapnel, cavan, taladran, pasan tubos. Dos de sus hombres resultan heridos: uno en el codo, el otro en el hombro. El temporizador de una shrapnel le da a él en la bota pero sin producir herida. Hacia las diez de la noche escucha el fragor de un intenso tiroteo —«un sonido magnífico»— prove­ciente de las lomas que se elevan en la playa: un contraataque turco.80 De las elevadas pendientes que mueren en la playa baja un fino pero constante reguero de heridos. Dawkins ve a un coro­nel con evidentes signos de padecer algún tipo de neurosis bélica dando órdenes de abrir fuego contra unas colinas mantenidas por sus propias tropas. Luego ayuda a descargar municiones de una lancha.

Hacia las nueve de la noche se va a acostar, «muerto de cansan­cio». Al cabo de una hora y media, un comandante le despierta co­municándole que la situación es crítica. Durante lo que queda de noche Dawkins se dedica a llevar refuerzos y municiones hasta la muy presionada infantería de la primera línea. El tiroteo dura la noche entera. Dawkins se acostará de nuevo hacia las tres y media de la madrugada.

lunes, 9 de marzo de 2015


Krapotkin, 9 de diciembre de 1942
Ayer por la noche, partida hacia el XVII Ejército con el tren correo; resultó ser un automóvil colocado sobre las vías del tren, que remolcaba un vagón de mercancías. Tras un breve recorrido nos quedamos parados sobre los raíles una buena parte de la noche, bajo una tempestad de nieve. Logramos reunir un poco de leña, y así estuvo calentándonos du­rante una o dos horas una pequeña estufa.
 Por la mañana, llegada a Krapotkin; aquí he pasado el día entero aguardando el tren que debía llevarme a Beloréchenskaya. En el vestí bulo de la estación, grande y desnudo, estaban aguardando con impaciencia, igual que yo, muchos centenares de soldados. Permanecían de pie, reunidos en grupos silenciosos, o bien estaban sentados en sus equipajes. A ciertas horas se agolpaban delante de unas ventanillas en l
as que se repartía café o sopa. En aquella elevada sala se notaba la cercanía de las enormes fuerzas constrictivas que impelen a los seres humanos, pero que aún no se revelan a sus ojos: el titánico poder helado. De ahí la im­presión de que la voluntad está solicitada en todas sus fibras, mientras que la inteligencia permanece ociosa. Si se consiguiera tener una intui­ción pura de esto, en el cuadro de un pintor, por ejemplo, sería sin duda una gran distensión, un alivio. Pero tal cosa resulta imposible, como imposible resulta también el que ya en esta fase interprete los aconteci­mientos un gran historiador, o, mejor todavía, una novela. Pues ni si­quiera se conocen los nombres de los poderes que están contendiendo entre sí.

Pensamiento al ver aquello: «No es posible restaurar la libertad en el sentido en que se la entendió en el siglo XIX, que es lo que muchos si­guen soñando; la libertad ha de elevarse a la altura nueva y helada del proceso histórico y aun subir más arriba todavía: como un águila que so­brevuela las almenas que emergen del caos. También la libertad habrá de pasar por el dolor. Es preciso volver a merecerla».


Beloréchenskaya, 10 de diciembre de 1942

Partí de Krapotkin con quince horas de retraso, si bien es verdad que en estos lugares la palabra «retraso» pierde su significado. Es preciso instalarse de un salto en el estado vegetante, en el cual se cesa de sentir impaciencia.

En la vecindad del crimen las cosas pier­den su magia, su olor y sabor

Voroshílovsk, 2 de diciembre de 1942


El hálito del mundo de los desolladores resulta a veces tan per­ceptible que mata completamente las ganas de trabajar, de modelar imágenes y pensamientos. Las malas acciones tienen un carácter so­focante, deprimente; la campiña humana se torna inhóspita, como en ella se ocultase carroña. En la vecindad del crimen las cosas pier­den su magia, su olor y sabor. El espíritu se fatiga con las tareas se había propuesto y que lo ocupaban y reconfortaban. Mas es prec sámente contra eso contra lo que hay que luchar. Los colores de flores que brotan en la mortífera cresta no deben palidecer pa nuestros ojos ni aun cuando se hallen a un palmo del abismo. Esa la situación que yo describo en mi libro En los acantilados de mar.
Ernst Jünger
Radiaciones I

En el cementerio, el más abandonado que yo haya visto nunca en mi vida.

Voroshílovsk, 30 de noviembre de 1942

En el cementerio, el más abandonado que yo haya visto nunca en mi vida. Ocupa una superficie rectangular y está cerrado por un muro semiderruido. Llamativa la ausencia de nombres; no se ven apenas ins­cripciones ni en las losas cubiertas de musgo ni tampoco en las cruces de San Andrés erosionadas por el tiempo; esas cruces están talladas en una blanca piedra caliza de color pardo dorado. En una de aquellas cruces, es verdad, creí poder descifrar la palabra patera, escrita en caracteres griegos; me hizo pensar en Kubin y en Perla, su ciudad de sueños; muchas eran las cosas que aquí me recordaban esa ciudad.


Sobre las tumbas han crecido espesos matorrales; también proliferan por todas partes los cardos y los lampazos. En medio de todo aque­llo han sido excavadas nuevas fosas, en forma aparentemente capri­chosa, las cuales no están señaladas por ninguna cruz, ni de madera ni de piedra. Sólo huesos viejos blanquean sobre el removido terreno. Por allí estaban desparramadas, como en un puzzle, vértebras, costillas, tibias; también vi una verdosa calavera infantil que yacía junto al muro.

Ernst Jünger
Radiaciones I

lunes, 23 de febrero de 2015

París, 29 de septiembre de 1942. E. Jünger.

París, 29 de septiembre de 1942.

...A última hora de la tarde escuchando una conferencia; la ha pronunciado uno de los pequeños mauritanos, el cual ha disertado, con una cierta complacencia cínica, sobre la técnica de influir en las masas mediante la propaganda. No cabe duda de que este tipo humano es nuevo, lo es al menos con relación al siglo XIX. El adelanto que esas gentes indudablemente llevan es de naturaleza enteramente negativa y consiste en que arrojaron antes que la mayoría de los demás el bagaje moral e introdujeron en la política las leyes de la técnica mecánica. Pero ese adelanto será superado -y no, ciertamente, por el hombre moral, el cual necesariamente es inferior a tales gentes en lo que respecta al empleo sin freno alguno de la fuerza bruta, sino que lo será por sus iguales, que habrán aprendido de ellos la lección. Acabará llegando un día en que incluso el más lerdo se dirá: "si a ése le gusta andar haciendo burla de todo, ¿porqué continúa exigiendo que a él se lo respete?...

...De ahí que sea un error qguardar que la religión y la religiosidad vayan a restablecer el orden. Las cosas zoológicas se reproducen, antes por el contrario, en el plano zoológico y las cosas demoníacas, en el demoníaco - es decir, el pulpo gigante atrapa al tiburón y Belcebú, al Diablo...

martes, 17 de febrero de 2015

La poesía...

"...la poesía es historia invisible, es historia no vivida todavía, e incluso su correctivo..."
Ernest Junger
París, 15 de enero de 1942

domingo, 15 de febrero de 2015

Una verdad que espero no nos cueste nuevos muertos.

En los sitios donde domina la canalla se notará que ésta practica la infamia más allá de lo necesario e incluso contra las reglas del arte de la política.Se celebra la infamia como si se celebrase una misa, pues el mysterium del poder del populacho se esconde, en su fondo más profundo, en ella.
Paris, 6 de enero de 1942. Ernst Junger.

viernes, 13 de febrero de 2015

6 de agosto (1915). Trincheras del Lisert.

6 de agosto (1915). Trincheras del Lisert. (En la zona de Monfalcone)

Seguimos aquí. El sitio ya nos resulta odioso; estas trincheras que , al llegar, esperábamos que conformaran la defensa más sólida y cómoda conocida hasta entonces, se ha revelado, por el contrario, como un blanco expuesto y fácil para los austriacos, una posición verdaderamente mortificante para nosotros. Desde aquí es imposible salir al asalto, porque el terreno pantanoso que tenemos delante no lo permite, desde aquí jamás se podrá repeler un ataque enemigo debidamente desplegado; aquí las pérdidas son numerosas y más dolorosas que en cualquier otra parte, porque se antojan inútiles. ¡Mejor las trincheras de la Rocca, mejor aquellas frente a la cota 121! Allí arriba, incluso en las jornadas ociosas, se tenía la sensación de morir por algo, caso de que hubiera sobrevenido la muerte. Pero quizá la realidad sea que tenemos los nervios desechos y ya no somos capaces de soportar pacientemente esta vida; tampoco la cabeza mantiene la serenidad de tiempo atrás. Hoy hace dos meses que, desde Pieris, los voluntarios iniciamos la avanzada, una vez alcanzado el regimiento; y únicamente por el recuerdo de los que éramos entonces, por la voluntad fresca e intrépida de aquellos días, reunimos las fuerzas para aguantar. Sesenta días de desgaste, ¡Sin tregua! Miro las caras de los compañeros supervivientes y me veo reflejado en ellas: resulta doloroso notar que el alma ya no brilla en los ojos de nadie.

Giani Stuparich

jueves, 12 de febrero de 2015

3 de Agosto (1915) Trincheras del Lisert. (Frente Italiano en la zona de Monfalcone/Trieste)

3 de Agosto - Trincheras del Lisert

...No tenía conciencia del tiempo; me doy cuenta ahora de que han pasado ya las dos horas y que alguien se acerca por detrás para el relevo. El regreso es como retomar un sendero después de haber caminado por la cresta de una pared rocosa. Me tumbo detrás de mis toneles de sardinas, pero no me duermo. Una vez relajada la tensión, se apoderan de mí sentimientos y pensamientos refrenados hasta ahora con la voluntad. Ahora capto el peligro cuya presencia ya había advertido. Revivo de manera completamente distinta la situación de hace un momento: me vuelvo a encontrar con la imaginación entre las dos estacas extremas de la alambrada; pero ahora mis sensaciones no son precisas, ahora tiemblo por dentro ante la eventualidad de que una sombra se alce delante de mí, un hombre, en cuyo cálido pecho debería hincar mi dura bayoneta: no, para no matar y para que no me maten, escaparé, gritando la alarma desesperado, hacia mi trinchera, me mezclaré con los otros, formaré parte de un todo que vibra y actúa bajo un impulso común; pero solo no, solo es terrible. Debo dominarme para no temblar físicamente. Me invade una piedad inmensa hacia esta pobre carne, hacia mí mismo, tan pequeño y débil. Tan Firmes, tan decididos a morir y a matar: pero en el fondo, como hojas azotadas por un huracán. Me duermo, necesitado de un consuelo que no puedo pedir a los hombres ni sé implorar a Dios. ...

viernes, 30 de enero de 2015

Cuando la muerte interpela...

Cuando la muerte interpela.

Estimados lectores, aunque parezca que nos salimos de tema, es fundamental afirmar que la muerte interpela. 

Es la más importante, es la interpelación que nos hacemos a nosotros mismos, a nuestras almas.

Ante ello quiero afirmar

1. Soy Argentino como Nissman y los muertos de la AMIA.
2. No pertenezco a ninguna de las categorías o facciones que este gobierno pretende establecer.
3. Es por ello que extiendo mi saludo a los compatriotas que están sufriendo. 


Diego Maeder

viernes, 12 de diciembre de 2014

De nuevo Hermann Hesse. De lectura obligatoria....




UNA CARTA A ALEMANIA 1946

¡Es curioso lo que ocurre con las cartas de vuestro país! Durante muchos meses una carta procedente de Alemania signi­ficó para mí un acontecimiento raro en verdad y casi siempre fausto. Me traía la noticia de que algún amigo continuaba con vida, después de mucho tiempo de no saber nada de él y de haberme preocupado a su respecto. Y significaba un pequeño vínculo, por muy inseguro y casual que fuese, con el país que hablaba mi lengua, al cual yo había confiado la obra de mi vida y que hasta hace algunos años me había dado el pan y la justifica­ción moral de mi trabajo. Una carta semejante llegaba siempre por sorpresa, siempre por caminos y atajos inesperados, no con­tenía habladurías sino sólo cosas importantes, y con frecuencia había sido escrita precipitadamente, mientras la esperaba un camión de la Cruz Roja o un emigrante que volvía a su casa, o llegaba meses después de haber sido escrita en Hamburgo, Halle o Nuremberg y de dar un rodeo por Francia o América, adonde la había llevado consigo un amable soldado con ocasión de un permiso.

Después las cartas se hicieron más largas y frecuentes, y empe­zaron a llegar muchas de los campos de prisioneros de todos los países, tristes hojas de papel escritas tras las alambradas de cam­pos en Egipto y Siria, Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, y entre estas cartas había muchas que no me procuraban ninguna alegría y a las que no tardé en perder el gusto de contestar. En la mayoría de estas cartas de prisioneros abundaban las quejas, abundaban también los insultos, se pedían ayudas imposibles, se prodigaban ironías acerca de Dios y se criticaba el mundo y a veces incluso se insinuaban amenazas de una próxima guerra. Habia nobles excepciones, pero eran muy raras. En general sólo hablaban de lo mucho que tenían que soportar y se quejaban amargamente de la injusticia del prolongado cautiverio. De los otros, de los que como soldados alemanes habían disparado con­tra el mundo durante años, no se decía ni una sola palabra. Yo recordaba siempre una frase de un libro sobre la guerra escrito por un alemán durante la época de la marcha sobre Rusia. El autor, por otra parte inofensivo y tolerablemente libre de la men­talidad nazi, confesaba en él que la idea de morir atormentaba bastante a todos los soldados, mientras que la otra, la idea de matar, era considerada únicamente una cuestión "táctica". Todos los autores de estas cartas daban la culpa a Hitler, ningu­no era cómplice.

HermannHesse-Home.jpg
Autoretrato
en: http://www.mascultura.com.mx/anivluc_hermann_hesse
Un prisionero en Francia, que no era ningún niño sino un industrial y padre de familia, con doctorado y extensa cultura, me formulaba la pregunta: ¿qué debía haber hecho, en mi opinión, un alemán digno y decente durante los años de Hitler? No habría podido evitar nada ni hacer nada contra Hitler, pues esto hubiera significado una locura, la pérdida del pan y la libertad y, final­mente, incluso la vida. La devastación de Polonia y Rusia, el sitio y después la demente resistencia de Stalingrado hasta el terrible final tampoco había carecido de peligro, y sin embargo los solda­dos alemanes se comportaron con total entrega. ¿Y por qué no habían descubierto a Hitler hasta 1933? ¿No tendrían ya que haberle conocido por lo menos desde el putsch de Munich? ¿Por qué no habían aprovechado el único fruto esperanzador de la pri­mera guerra mundial, la república alemana, y en lugar de apoyarla y colaborar con ella la habían saboteado casi unánime­mente y optado después por Hitler, bajo el cual ser un hombre decente significaba un peligro mortal? Yo recordaba a los autores de semejantes cartas que la desgracia alemana no había empeza­do con Hitler, y que ya en el verano de 1914 el frenético júbilo del pueblo ante el mezquino ultimátum austríaco a Serbia hubiese debido poner en guardia a muchos. Les relaté lo que tuvimos que luchar y sufrir durante aquellos años Romain Rolland, Stefan Zweig, Franz Masereel, Annette Kolb y yo. Pero esto no inmutó a ninguno de ellos, no querían escuchar ninguna respuesta, nin­guno queria entrar realmente en una discusión ni hacer el esfuer­zo de pensar y aprender.

También me escribió un venerable y anciano sacerdote ale­mán, un hombre piadoso que bajo el mandato de Hitler había re­sistido valientemente y sufrido lo suyo: no había leído hasta aho­ra mis consideraciones, escritas veinticinco años atrás, sobre la primera guerra mundial, y como alemán y como cristiano coinci­día conmigo palabra por palabra. Pero también debía decir a fuer de sincero que si hubiera leido estos escritos entonces, cuando eran nuevos y actuales, los habría repudiado con indignación porque en aquella época, como cualquier alemán decente, era un patriota y un nacionalista convencido.

Las cartas se hicieron más y más frecuentes, y ahora, desde que me llegan por correo ordinario, mi casa se ve invadida día tras día por un pequeño diluvio, más de lo que conviene y de lo que puedo leer. Existen cientos de remitentes, pero en el fondo sólo hay cinco o seis clases de cartas. Con excepción de unos pocos documentos totalmente auténticos, personales e irrepeti­bles de esta época de gran aflicción —y entre estos pocos se cuen­ta como uno de los mejores su preciada carta—, todos estos escri­tos son expresión de determinadas actitudes y necesidades, siem­pre reiteradas y a menudo reconocibles demasiado fácilmente. Muchos de sus autores quieren aseverar, consciente o inconscien­temente, su inocencia en la tragedia alemana, en parte de cara al destinatario, en parte de cara a la censura y en parte de cara a sí mismos, y no pocos de ellos tienen sin duda buenos motivos para realizar estos esfuerzos.

Existen, por ejemplo, todos aquellos viejos conocidos que antes me escribieron durante años y que dejaron de hacerlo en el momento en que observaron que mantener correspondencia con­migo, una persona muy vigilada, podía acarrearles algo desagra­dable. Ahora me comunican que están vivos, que siempre han pensado efusivamente en mí y me han envidiado la suerte de vivir en el paraíso de Suiza, y que, como ya puedo imaginarme, nunca han simpatizado con estos malditos nazis. Sin embargo, muchos de estos conocidos han sido miembros del Partido durante años. Ahora me explican detalladamente que todos estos años han estado siempre con un pie en el campo de concentración, y yo tengo que contestarles que sólo puedo tomar en serio a los enemi­gos de Hitler que han estado con ambos pies en aquellos campos, y no a los que tenían uno en el campo y otro en el Partido. También les recuerdo que los residentes en el "paraíso" de Suiza teníamos que contar todos los días durante los años de guerra con la amistosa visita de los demonios pardos, y que en nuestro paraíso las cárceles y los patíbulos esperaban a los que estába­mos en la lista negra. De todos modos he de reconocer que de vez en cuando los nuevos organizadores de Europa nos ofrecían a las ovejas negras cebos muy atractivos. Por ejemplo, yo recibí bas­tante tarde y ante mi asombro, a través de un conciudadano y colega de nombre conocido, la invitación de visitar Zurich por cuenta "suya" para dialogar juntos sobre mi ingreso en la Aso­ciación de Colaboracionistas Europeos, fundada por el ministerio Rosenberg.

También existen ingenuas aves de paso que me escriben que alrededor de 1934, después de enconadas luchas interiores, ingre­saron en el Partido para ejercer desde él una bienhechora influen­cia contra sus elementos salvajes y brutales, etc.
Otros tienen complejos más privados y encuentran, mientras viven en profunda aflicción y están rodeados de aflicciones mucho más importantes, papel, tinta, tiempo y temperamento en abundancia para manifestarme en largas cartas su hondo despre­cio por Thomas Mann y su sentimiento y su indignación por el hecho de que yo sea amigo de semejante hombre.
Otro grupo está formado por algunos colegas y amigos de tiempos pasados que todos estos años pasearon abierta e inequí­vocamente en el carro triunfal de Hitler. Ahora me escriben car­tas de amabilidad conmovedora, me cuentan con detalle su vida cotidiana, los daños causados por las bombas, sus apuros domés­ticos, la vida de sus hijos y nietos, como si no hubiera ocurrido nada, como si no se interpusiera nada entre nosotros, como si no hubieran colaborado en la muerte de los parientes y amigos de mi mujer, que es judía, y en el descrédito y finalmente la destrucción de toda mi obra. Ni uno de ellos escribe que lo lamenta, que ahora ve las cosas de otro modo, que estaba obcecado. Y ni uno solo escribe tampoco que ha sido nazi y seguirá siéndolo, que no lamenta nada y continúa fiel a su causa. ¿Dónde hay un solo nazi que siga fiel a su causa cuando esta causa se ha hundido? ¡Oh!, es para provocar náuseas.

Un número menor de corresponsales espera de mí que ahora recupere la nacionalidad alemana, vuelva a mi país y colabore en su reeducación. Pero son muchos más los que me exhortan a levantar mi voz por todo el mundo y protestar como neutral y representante de la humanidad contra los abusos o las negligen­cias de los ejércitos de ocupación. ¡Qué ingenuo es esto, qué total ignorancia supone del mundo y de la actualidad, qué conmove­dora y vergonzosamente infantil resulta!

Es probable que a usted no le causen asombro todas estas insensateces en parte pueriles y en parte maliciosas, pues es posi­ble que las conozca mejor que yo. Me indica usted que me ha escrito una larga carta sobre la situación espiritual de su pobre patria, pero que no me la ha remitido por motivos de censura. Pues bien, yo quería darle sólo una idea de lo que ahora me ocu­pa la mayor parte del día, y al mismo tiempo explicarle por qué hago imprimir esta carta que le escribo. Como es natural, me resulta imposible contestar los montones de cartas que, en su mayoría, me piden y esperan de mí cosas impracticables, pero entre ellas hay algunas de las cuales no puedo inhibirme. Ahora enviaré a sus autores esta carta impresa, aunque sólo sea porque todos se preocupan por mí con tan buena intención.

Su grata carta no puede clasificarse bajo ninguna categoría, no contiene una sola palabra rutinaria y tampoco -¡maravilloso en la Alemania actual!- una sola palabra de queja o de acusación.

Su carta valiente e inteligente, y lo que contiene sobre su propio destino, me ha conmovido profundamente. ¡De modo que tam­bién usted, como nuestro fiel amigo, ha sido largo tiempo espiado, retenido en los calabozos de la Gestapo e incluso condenado a muerte! Al leerlo he sentido un hondo pesar, tanto más cuanto que mis cartas, pese a toda la cautela, han incrementado su desa­zón, pero en realidad sus noticias no me han sorprendido. Porque a usted no le he imaginado jamás con un pie en la cárcel o el campo y el otro en el Partido, sino que nunca he dudado de que es valiente y está despierto, como conviene a sus ojos claros y a su inteligencia, y de que estaba en el lado correcto. Y por añadi­dura corrió el más grave peligro.

Verá, con la mayoría de mis corresponsales alemanes tengo poco de qué hablar. Hay muchas cosas similares a las ocurridas al final de la primera guerra mundial, y actualmente soy más vie­jo y desconfiado que entonces. Así como hoy todos mis amigos alemanes están de acuerdo a la hora de enjuiciar a Hitler, tam­bién lo estuvieron entonces, cuando se fundó la república alema­na, al enjuiciar al militarismo, la guerra y la violencia. Todo el mundo fraternizó, algo tarde pero con efusión, con nosotros los antibelicistas, y Gandhi y Rolland fueron venerados casi como santos. "¡Nunca más la guerra!", era el eslogan. Pero algunos años después Hitler pudo atreverse a su putsch de Munich. Por eso no tomo demasiado en serio la unanimidad actual en conde­nar a Hitler, y no veo en ella la mínima garantía de un cambio de actitud política, ni siquiera de un conocimiento y una experiencia política. Pero tomo en serio, y muy en serio, el cambio de actitud, la purificación y la madurez de todo individuo que, en la terrible aflicción, en el doloroso martirio de estos años, se ha abierto al camino hacia sí mismo, al camino hacia el corazón del mundo, a la vista de la eterna realidad de la vida. Estos hombres han sentido, experimentado y sufrido el gran misterio exactamente igual como yo lo sentí en los amargos años posteriores a 1914, sólo que ha ocurrido bajo una presión mucho mayor, bajo sufrimien­tos más duros, y no cabe duda de que son innumerables los que en el camino hacia este despertar y esta experiencia se han derrumbado y han muerto antes de poder alcanzar la madurez.

Tras las alambradas de un campo de prisioneros en África me escribe un capitán alemán sobre recuerdos de La casa de los muertos de Dostoievski y de Siddharta, sobre sus esfuerzos, en medio de una vida despiadada que sólo permite momentos de soledad, por recorrer el sendero de la contemplación y llegar a su interior "sin que la voluntad de separación de todos los primeros planos se haga definitiva". Un antiguo prisionero de la Gestapo escribe: "He aprendido mucho gracias al cautiverio, y las penas burguesas ya no me afligen". Éstas son experiencias positivas, testimonios de la vida real, y podría mencionar muchas otras fra­ses similares si tuviera el tiempo y la vista para releer todas estas cartas.

Su pregunta sobre mi estado es fácil de contestar. Soy viejo y estoy cansado, y la destrucción de mi obra, iniciada por los ministerios de Hitler y culminada por las bombas americanas, ha dado a mis últimos años un tono general de decepción y pena. Mi consuelo reside en que este tono es dominado a veces por muchas pequeñas melodías y aún me es posible vivir muchas horas en el reino de lo eterno. Para que quede algo de mi obra, de vez en cuando hago imprimir una edición suiza de algún libro agotado desde hace años; no pasa de ser un gesto, ya que naturalmente estas impresiones existen sólo para Suiza.

La edad y el anquilosamiento hacen progresos, muchas veces la sangre se niega a regar debidamente el cerebro. Pero estos males también tienen a fin de cuentas su lado bueno: ya no se percibe todo con tanta claridad y vehemencia, muchas cosas no se oyen bien, no se siente en absoluto más de un golpe o alfilera­zo, y una parte del ser, la que una vez se llamó Yo, ya está donde pronto estará todo.


Entre las cosas buenas para cuya percepción y goce todavía me quedan órganos, que todavía me procuran placer y dominan los tonos sombríos, se cuentan los raros, pero así y todo claros, indicios de la supervivencia de una Alemania espiritual auténtica, que ahora busco y no encuentro en la actividad de los actuales dirigentes de la cultura y demócratas coyunturales, pero que sí aparecen en las felices expresiones de preparación, decisión y valentía, de confianza y esperanza sin ilusiones, como las sinteti­zadas en su carta. Por ello le doy las gracias. Cuidad el germen, manteneos fieles a la luz y el espíritu; sois muy pocos, pero sois tal vez la sal de la tierra.

Hermann Hesse
Sobre la guerra y la paz.
Barcelona, Noguer, 2003

lunes, 8 de diciembre de 2014

Patria (a un combatiente correntino de Malvinas)

PATRIA

Me duele esa palabra.
Se me escapa. La siento.
Tal vez quedó encerrada 
en libros de colegio.

Ella está allí, presente,
en labios de Belgrano y su dolor,
Muriendo...
Palpitaba,
cerca del San Lorenzo,
con el grito de furia
del moreno Sargento.

Yo la sentí allá lejos,
porque llevaba adentro
el mandato severo
de San Martín, que, enfermo
cruzó la mole inmensa de Los Andes
llevando libertad a otros pueblos
que también vislumbraban
la santidad del reto:
Libertad, ella exige esa palabra
que siento muy adentro.
La sentí, sobre todo
cuando las vi, a lo lejos,
Emerger de aguas nuestras,
silenciosas, dolientes...
como diciendo: ¡¿Han vuelto?!

Y en aquel día de mayo
en otro bombardeo 
sobre Puerto Argentino
cuando entre la humareda
sonaba el Himno nuestro
yo fui ese sapukai
que se clavó en el cielo.

Han pasado treinta años.
solo quedan recuerdos:
caminar esas calles,
trepar por esos cerros,
enfrentar a esos gringos
venidos de muy lejos
pretendiendo imponernos
un servilismo ajeno
a nuestros sentimientos

Yo era un gurí - decían-
los hombres de mi pueblo,
pero ese muchachito
-y como yo eran cientos-
dejamos bien sentado
hacia los cuatro vientos
que cuando se pelea,
se sufre... y aún muriendo
esa sola palabra
tiene el valor inmenso
de aunarnos en la gloria
de haber sido capaces
de defender lo nuestro.

No recuerdo como llegó a mi

la hoja dice que pertenece a

Keiko Pomarada Mauriño 

(Madre de un combatiente)

para ver y escuchar

de Raúl Porchetto, es la más bella canción, me llama la atención son igual a mí ... ¿porqué estuve matando?: https://www.youtube.com/watch?v=K51hd7pECoM

de Alejandro Lerner, una letra muy significativa: https://www.youtube.com/watch?v=aUxF9IJotvM

de Soledad Pastorutti: una gran canción, https://www.youtube.com/watch?v=zPlICSCf8ro

de Rata Blanca, Gente del sur: https://www.youtube.com/watch?v=4jmn0L14OY0
La soledad no es mal camino,
en este mundo todo está mal.
la sociedad sigue mostrando
que es solamente parte del mal.
Puedo contarte tristes historias
que en estas tierras viví.
puedo sentir hondas heridas
que mortifican mi ser,
por ver tanta injusticia.
Madres de hoy lloran sus hijos
en una plaza de la ciudad.
y el gran imperio bebió la sangre
del que pedia su libertad.
No se muy bien cuál fue la gloria
en esta guerra del sur.
hoy puedo ver miles de cruces
en estas islas que dios
nos dió a todos los hombres.
En soledad hoy los recuerdo,
gente valiente del sur.
y la verdad sólo es divina,
sólo es cuestión de esperar
que dios haga justicia.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Para mirar y pensar ...



Para mirar y pensar sobre las contradicciones del ser humano y sobre todo en lo que decía Aberdi, "...el hombre de guerra no merece la amistad del hombre de paz..."

Una verdad más...

Feliz Navidad 1914 - Joyeux noël

Documental: https://www.youtube.com/watch?v=JDSSSGZd3fA

Pipas de la paz, Paul McCartney
https://www.youtube.com/watch?v=Q2R_F2cNdlw

Trailer de la película: https://www.youtube.com/watch?v=YhBtOcxpTog
La película se encuentra en you tube.

Juan Bautista Alberdi II. La Guerra Justa.

La palabra Guerra Justa, envuelve un contrasentido salvaje; es lo mismo que decir, crimen justo, crimen santo, crimen legal.

No puede haber guerra justa, porque no hay guerra juiciosa.

La guerra es la pérdida temporal del juicio. Es la enajenación mental, especie de locura o monomanía, más o menos crítica y transitoria.

Al menos es un hecho que, en el estado de guerra, nada hacen los hombres que no sea una locura, nada que no sea malo, feo, indigno del hombre bueno.
Francisco de Goya y Lucientes, serie de grabados Los desastres de la Guerra (1808-1814)
¿No es sintomático que Goya haya querido
imprimir la salvaje visión del hombre en guerra?
De una y otra parte, todo cuanto hacen los hombres en guerra para sostener su derecho, como llaman a su encono, a su egoísmo salvaje, es torpe, cruel, bárbaro.
No alcanza con matar.
El hombre en guerra no merece la amistad del hombre en paz. La guerra, como el crimen, sabe suspender todo contacto social alrededor del que se hace culpable de ese crimen contra el género humano; como el que riñe obliga a las gentes honestas a apartar sus miradas del espectáculo inmoral de su violencia.

Guerra civilizada es un barbarismo equivalente al de barbarie civilizada.
Excluir a los salvajes de la guerra internacional, es privar a la guerra de sus soldados naturales

En: Alberdi, Juan Bautista. El crimen de la guerra 
1° ed., Buenos Aires, Claridad, 2009.

Tres preguntas:

1. ¿Haber participado de la guerra es lo que produce el silencio? ¿Por sentido moral?
2. ¿Existe la forma civilizada de guerra?
3. ¿Qué de esos pasajes de diarios de guerra, en los cuales leemos, cosas como, si hubiese paz podría haber sido mi compañero de pesca?

jueves, 27 de noviembre de 2014

Jueves 20 de Agosto de 1914


SMS Helgoland

Allí mismo se encontraba cuando estalló la guerra.

Richard recuerda que los ánimos estaban decaídos cuando el buque (SMS Helgoland) en el puerto debido a que las noticias que les habían ido llegando mientras navegaban en alta mar no eran nada excitantes; la gente se quejaba por doquier y decía: "Tanto revuelo para nada". Sin embargo, a nadie se le permitió desembarcar; al contrario, cargaron municiones y descargaron lo superfluo. Hacia las cinco y media se dio la señal de "todo el mundo a cubierta" y los hombres se apresuraron a formar. Después, uno de los oficiales de la nave, con mucha decisión y un papel en la mano, les hizo saber que esa noche tanto el ejército como la Armada serían movilizados: "Ya sabéis lo que eso significa: guerra". La orquesta del buque tocó con brío una melodía patriótica que todos entonaron con entusiasmo. "Nuestra alegría y excitación no tenía limite y duraron hasta muy entrada la noche".

Richard Stumpf
en: http://www.damals.de/de
/8/Matrosentagebuecher
-berichten-aus-dem-Kriegsalltag.html?aid
=191331&cp=9&action=showDetails

Pero en medio de todos esos vítores se barrunta ya una extraña asimetría. La energía desatada es colosal y parece arrastrar a todo el mundo. Stumpf toma nota, entre otras cosas y no sin satisfacción, de que varios escritores radicales que se han hecho famosos por sus acerbas y reiteradas críticas a la era del Kaiser Guillermo II ahora redacten altisonantes soflamas de solemne patriotismo. Lo que queda anegado en este maremoto de emociones inflamadas es la cuestión de porqué hay que luchar. Son muchos los que como Stumpf creen saber de qué va la cosa "en realidad" y "esa causa real" está ya sepultada bajo el hecho de estar en lucha. La guerra muestra los primeros signos de convertirse en su propio objetivo. Pocos son ya los que mencionan Sarajevo.





Englund, Peter. La Belleza y el dolor de la Guerra.
La primera guerra mundial en 227 fragmentos.
3° ed, Barcelona, Roca Ed., 2011

martes, 25 de noviembre de 2014

Cuidado se ha metido algún spam al blog, mientras lo analizo y lo quito tengan cuidado

JUAN BAUTISTA ALBERDI - ALGUNAS FRASES

Juan Bautista Alberdi.jpg
Daguerrotipo tomado en Chile
entre 1850-53 en Wikipedia

Muerto en 1884, este gran jurista argentino, también desde el exilio, escribe "El crimen de la guerra"
un gran ensayo que nos permitirá ir develando algunos de los misterios que estudiamos al respecto


1. El crimen de la guerra. Esta palabra nos sorprende, sólo en fuerza del grande hábito que tenemos de esta otra, que es realmente incomprensible y monstruosa: el derecho de guerra, es decir, el derecho de homicidio, del robo, del incendio, de la devastación en la más grande escala posible; porque esto es la guerra, y si no es esto, la guerra no es la guerra.

2. La democracia no se engaña en su aversión instintiva al cesarismo. Es la antipatía del derecho a la fuerza como base de autoridad; de la razón al capricho como regla de gobierno.
La espada de la justicia no es la espada de la guerra. La justicia, lejos de ser beligerante, es ajena de interés y es neutral en el debate sometido a su fallo. La guerra deja de ser guerra si no es el duelo de dos litigantes armados que hacen justicia mutua por la fuerza de su espada.
La espada de la guerra es la espada de la parte litigante, es decir, parcial y necesariamente injusta.

3. El crimen de la guerra reside en las relaciones de la guerra con la moral, con la justicia absoluta, con la religión aplicada y práctica, porque esto es lo que forma la ley natural o el derecho natural de las naciones, como de los individuos. Que el crimen sea cometido por uno o por mil, contra uno o contra mil, el crimen en sí mismo es siempre el crimen.

Se irán publicando más frases
con el tiempo.

En: Alberdi, Juan Bautista. El crimen de la guerra 
1° ed., Buenos Aires, Claridad, 2009